Y cada domingo esperaba a que volviera a ser viernes,
y es que cada fin de semana volvías a mi,
aunque llegara el mal tiempo.
Los relojes parecían estar en nuestra contra,
toda la semana su tic-tac era lento
y los días parecían no llegar a su fin;
pero el viernes, era el día clave,
a las 2:20 las agujas parecían tener prisa
y los minutos a penas podías saborearlos,
ni siquiera las horas, que en un suspiro ya habían pasado.
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